La clase trabajadora argentina: la previa al peronismo como lección para el presente

Por David Pike*

El capitalismo en su fase neoliberal ha producido la desindustrialización y reprimarización de nuestra economía. Las consecuencias para la clase trabajadora han sido una alta cantidad de personas expulsados del mercado de trabajo, el aumento de la informalidad de otra parte importante que se mantiene dentro de este mercado y la precarización de las formas de contratación de otros. Se calcula que sólo un tercio de las trabajadores y los trabajadores han logrado mantener plenamente sus derechos laborales que en el periodo anterior era la regla general para el conjunto de la clase trabajadora. 

Aquello en lo que no pudo avanzar políticamente el capital, lo termina desarrollando el sistema por su propia dinámica, gran parte de la clase trabajadora argentina no tiene derechos laborales. Dentro de estos, se calcula que un tercio de la clase trabajadora realiza actividades ligadas a la economía popular. El Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular (ReNaTEP) que se inició hace un año atrás, ya lleva inscriptos 3 millones de personas, aproximadamente y se estima que podría alcanzar las 6 millones.

Este sujeto de la clase trabajadora ha construido sus organizaciones gremiales de nuevo tipo, desarrollado su estrategia y sus formas institucionales y políticas. Sus principales dirigentes plantean que estamos en una situación similar al 17 de octubre de 1945, al periodo previo al surgimiento del peronismo. 

Teniendo en cuenta estos planteos, sabiendo la riqueza que implica conocer la historia del movimiento de trabajadores a la hora de pensar nuestro presente y a la luz de los nuevos estudios que nos permiten pensar nuevas interpretaciones, planteamos tres claves a modo de lecciones.

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La nueva composición de clase y los sindicatos por rama

En el estudio del surgimiento del peronismo, los cambios en la composición de la clase trabajadora son fundamentales para su comprensión. La crisis económica mundial desatada en 1929 en Wall Street, generó cambios en las relaciones económicas internacionales y teniendo en cuenta la fuerte integración de la Argentina al mercado mundial, produjo la transformación de la estructura económica de nuestro país marcando el comienzo de una larga agonía del modelo agroexportador. 

Las medidas proteccionistas tomadas por los países centrales y el reemplazo de la multilateralidad por acuerdos bilaterales, redujo en cantidad y en precio las exportaciones primarias, dejando estas de ser el principal motor del crecimiento en que se había basado el modelo agroexportador. La reorientación forzada de la economía hacia el mercado interno y el incipiente desarrollo industrial, fueron los nuevos, aunque moderados, estímulos de la economía argentina (Korol, 2001).

En este contexto, puede observarse una paulatina diversificación de su matriz productiva que había comenzado en los años ‘20 y un moderado proceso de industrialización por sustitución de importaciones que se irá desarrollando durante la década del ‘30, basado en una industria liviana, con un crecimiento de tipo extensivo, principalmente por incorporación de mano de obra. (Schvarzer, 1996).

En este proceso, se produce un aumento cuantitativo de la clase trabajadora y ante la oferta del capital se dan las migraciones internas que producen cambios en las características de sus integrantes. La incorporación de estos migrantes, sin experiencia gremial, a las organizaciones obreras no se dará hasta los inicios del peronismo junto a un proceso de sindicalización general de la clase trabajadora. Por ende, estos migrantes no influirán particularmente en las organizaciones del movimiento, aunque harán su aporte en la conformación de una nueva identidad.  

Los cambios en las geografía producidos por las migraciones serán un hecho importante, el 70% de los obreros del país se concentraban en el Gran Buenos Aires, un aglutinamiento que facilitó el desarrollo de una identidad común (Hugo Del Campo, 1983). Desde aquel Gran Buenos Aires, partirán gran parte de las columnas que el 17 de octubre de 1945 avanzarán sobre el centro porteño para concentrarse en Plaza de Mayo. 

Los procesos de producción al interior de las unidades industriales se modernizan, no necesariamente a partir de la incorporación de tecnología, pero sí a partir de las formas de producción. Las modificaciones hacen que pierdan terreno los oficios y se expande un trabajador de baja calificación propio del crecimiento por expansión. 

Estos cambios traerán modificaciones en las formas organizativas de la clase trabajadora. Surgen organizaciones de nuevo tipo, los viejos sindicatos por oficio tienden a desaparecer o  fusionarse con otros para dar paso al sindicato por rama de actividad. Las corrientes políticas sindicales que lean mejor este proceso podrán aprovecharlo, quienes lo desoigan tenderán a reducirse a la mínima expresión.

También surgirán las comisiones internas durante este período, expandiéndose la organización sindical de base en los lugares de trabajo (Ceruso, 2010) Este proceso que se creía originado a partir del peronismo, producto de los nuevos estudios se conoce como un proceso previo.

Por ende, lo que tenemos a partir de la década del 30, producto de los cambios en la estructura económica del país, son modificaciones en la composición de la clase trabajadora. La misma crecerá cuantitativamente e irá conformando una nueva identidad, modificará sus organizaciones, modernizándolas y tenderá a ocupar un lugar de gran importancia en la economía argentina que no se le será reconocido en términos sociales y políticos hasta la llegada del peronismo.

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La estrategia de la clase trabajadora

En el estudio de las estrategias que desarrolla la clase trabajadora en general y particularmente durante el  periodo previo al peronismo, es necesario observar los enfrentamientos sociales que se dieron. Hasta hace un tiempo, los estudios priorizaban las formas institucionales en las que se organizaba el movimiento y los planteos de sus corrientes políticas. Sin embargo, para pensar las estrategias que ordenan sus acciones, sean están consientes o  no, es necesario observar las acciones desarrolladas en los enfrentamientos propios de la lucha de clases (Iñigo Carrera, 2004)

Hacemos estos planteos, siguiendo la teoría del materialismo histórico de que la clase trabajadora se constituye en sí en el lugar que ocupa frente al capital y para sí en el desarrollo de la lucha que la enfrenta a su clase antagónica. Por ende, la clase cobra existencia a partir de experiencias comunes, propias y/o heredadas, que generan una identidad de intereses comunes y contrapuestos a otros. De allí, que su experiencia este determinada por las relaciones de producción, pero su conciencia expresada en las formas institucionales, valores, ideas y tradiciones no aparezca en forma determinada, sino que será fruto de su historia (Thompson, 1989) 

La idea de que la clase trabajadora durante la década del ‘30 vivió una situación de pasividad y desaceleración de sus luchas a la vista de los nuevos estudios resulta errada. La clase trabajadora desarrolló una intensa actividad huelguística y su organización sindical se expandió, conociendo estas luchas es que podemos observar las estrategias que se hicieron presentes.   

La clase trabajadora desarrolló en su proceso de formación desde las últimas décadas del siglo XIX una estrategia de enfrentamiento directo con las patronales y el Estado. Coherentemente con la falta de mediaciones que no permitía representar cabalmente los intereses de los trabajadores en clave reformista. El primer hito de la clase trabajadora fue la Semana Roja de 1909, producto de ella por primera vez el Estado aceptaría las reivindicaciones obreras. Demandas defensivas ante la escalada represiva del Estado que no por eso le quitan importancia al hecho.

Este periodo fue cerrándose luego de la Semana Trágica de 1919, otro de los grandes hitos de la clase trabajadora argentina. Una huelga que significó el primer episodio insurreccional contra un gobierno surgido de la democracia (Bilsky, 2011). Luego de esta, comenzará un periodo de baja en la actividad huelguística y atomización de las centrales de trabajadores. Muchas veces por fuera de los ámbitos académicos, cuando se piensa al movimiento previo al peronismo se conoce esta etapa, pero aquella que le sigue se la desconoce o está cargado de prejuicios y viejas teorías ya superadas.  

A partir de la década del ‘30 se da un nuevo ciclo en el movimiento de trabajadores. Los primeros años de fuerte represión por parte de la dictadura de Uriburu y el aumento de la desocupación producto de la crisis mundial debilitaron al movimiento. La represión caerá especialmente sobre el anarquismo y el comunismo, con fusilamientos y gran cantidad de deportaciones. 

En septiembre de 1930, nacerá la histórica Confederación General del  Trabajo (CGT) producto de la fusión de dos centrales obreras motorizadas por la necesidad defensiva ante el clima represivo que se vivía. Esta central desarrollará un programa mínimo que presentará al gobierno en el cual se pedirá el reconocimiento de los sindicatos, la vigilancia gremial para el cumplimiento de la legislación laboral, vacaciones pagas, 8 horas de trabajo, entre otras demandas.

Para los años siguientes, la recomposición del sistema con la baja de la desocupación y el fin de la dictadura con un relajamiento de la ofensiva represora, permitió un nuevo impulso de la lucha gremial. Las huelgas reivindicativas se multiplicarán.

A mediados de la década, tendremos la mayor actividad huelguística, con un año 1935 en el que se darán dos grandes luchas que marcarán el camino venidero. La huelga de los trabajadores ebanistas, de la madera, y la de los obreros de la construcción. Esta última derivará en una huelga general del 7 y 8 de enero de 1936 que será otro de los hitos y unas las mayores expresiones de solidaridad en la historia del movimiento de trabajadores.

La huelga de la madera se extendió por más de 90 días hasta que conquistó sus demandas de reducción de la semana laboral, aumento de salarios y mejores condiciones de trabajo. En torno a este conflicto se organizó un gran movimiento de solidaridad.

Posteriormente, la huelga de los trabajadores de la construcción se extendió desde finales de octubre de 1936 hasta enero del otro año. La medida de fuerza fue convocada por la Federación Obrera del Sindicato de la Construcción (FOSC), un nuevo sindicato por rama, organizado por la militancia obrera del Partido Comunista, conformado luego de la unificación de distintos sindicatos de oficio (el más importante de ellos estaba dirigido por el anarquismo).

Tras la huelga general de enero en solidaridad con este conflicto, los trabajadores de la construcción lograron imponer todas sus demandas. Las conquistas fueron mejoras salariales, descanso dominical absoluto, establecimiento del sábado inglés, abolición del trabajo a destajo y responsabilidad empresaria en los accidentes laborales. El único reclamo que no fue conseguido fue el reconocimiento del sindicato, el cual sin embargo fue reconocido en los hechos concretos. Esta victoria abrió una época de ascenso en la organización del movimiento de trabajadores.

La solidaridad manifestada en la huelga general no fue organizada por ninguna central de trabajadores, sino que tuvo su expresión institucional en el “Comité de Solidaridad y Defensa con los obreros de la Construcción”. Este tuvo su antecedente inmediato en el movimiento de solidaridad que hubo en torno a la huelga de los obreros madereros, no por casualidad su secretario general fue el dirigente de este gremio, Mateo Fossa (Lizárraga y Masón, 2016)

Toda huelga general es por definición una huelga política, porque en ella se enfrentan el conjunto de los trabajadores al conjunto de los empresarios y el Estado. En esta huelga el reclamo parcial de los trabajadores de la construcción por aumento salarial, derechos y reconocimiento de sus organizaciones, es identificado por el conjunto de los trabajadores como su propio interés, la solidaridad expresa la conciencia de la clase trabajadora preperonista.

La estrategia mayoritaria del movimiento de trabajadores durante esta década y media, observable en sus enfrentamientos, es por la plena integración al sistema vigente en las mejores condiciones posibles, un proceso de ciudadanización que le reconozca derechos y mejore su calidad de vida. Una estrategia de tipo reformista que no se propone superar al sistema, sino su reconocimiento institucional (Iñigo Carrera, 2004).

Sin embargo, en la huelga general de 1936 los trabajadores se enfrentarán a las fuerzas represivas del Estado para garantizar la medida de fuerza con un nivel de violencia propio de la etapa anterior. Los huelguistas contaban con cierta organización (Benyo, 2005) para enfrentar el despliegue policial y a fuerzas de piquetes en los barrios lograron hacer retroceder a las fuerzas represivas. En aquellos acontecimientos de características insurreccionales se expresará otra estrategia al interior del movimiento, minoritaria, pero existente (Iñigo Carrera, 2004).

Producto de estos acontecimientos, el movimiento de trabajadores a través de la CGT tendrá la capacidad política de convocar el 1ro de Mayo de 1936 a un acto político que sumó al Partido Socialista, Comunista, la Unión Cívica Radical y el Demócrata Progresista. La alianza social que expresó el acto, mostró la posibilidad de disputar por parte de la clase trabajadora el espacio político que producto de su protagonismo en la nueva estructura económica podía demandar (Hugo del Campo, 1983) .

Sin embargo, esta alianza política se discontinuó dejando un vacío político y que solo pasará a ocupar posteriormente el peronismo. Un vacío que podrá ocupar por expresar políticamente los objetivos que la estrategia mayoritaria del movimiento de trabajadores había desarrollado a lo largo de una década y media.

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Las formas institucionales y políticas de organización de los trabajadores

A las tres semanas de iniciada la dictadura de Uriburu, el 27 de septiembre de 1930 la Unión Sindical Argentina (USA) de la corriente sindicalista y la Confederación Obrera Argentina (COA) socialista, acordaron su fusión. 

La dirección de la nueva central de trabajadores recayó en Luis Cerutti, representante del gremio más importante desde los inicios del movimiento de trabajadores, la Unión Ferroviaria (UF). Gremio conducido por Antonio Tramonti que desarrolló una alianza con los sindicalistas como Sebastián Marotta o Luis Gay, manteniendo el control efectivo de la central hasta fines de 1935.

La corriente del sindicalismo tuvo su origen en una ruptura del Partido Socialista en 1906. El por entonces sindicalismo revolucionario estuvo inspirado en una corriente doctrinaria europea del mismo nombre, que le dio el armazón teórico para separarse del partido de Justo al cual criticaba por su estrategia electoralista y su política integracionista (Belkin, 2014). Los militantes obreros críticos de esta postura, tras el inicial entusiasmo partidario por la política moderna del por entonces presidente Ortiz expresada en el ingreso de Alfredo Palacios como diputado que rápidamente se modificó por una política represiva, terminaron por definir el camino de ruptura del partido.

Prontamente lograron ganarle la conducción de la central obrera de la Unión General de Trabajadores (UGT) a los socialistas y desde esta central se dieron la tarea de unificar al movimiento de trabajadores bajo el precepto de prescindir de toda definición ideológica que dividiera al movimiento.

Así, el sindicalismo revolucionario le disputará el movimiento de trabajadores a los anarquistas que hasta entonces lo conducían. Superado los planteos electoralistas del socialismo, alejados de la realidad concreta de los trabajadores, el sindicalismo revolucionario desarrolló una política combativa de enfrentamiento social que se proponía transformar radicalmente la realidad.

Para 1915, tras haber ingresado masivamente a la central obrera de la FORA que conducían los libertarios, en su IX Congreso lograron desplazarlos de la conducción ganando a sindicatos que mantenían su autonomía y algunos sectores del anarquismo que priorizaron la unidad.

El movimiento libertaria perderá para siempre, más temprano de lo que se cree, la conducción del movimiento de trabajadores. Mantendrá su influencia unos años más, hasta volverse una expresión minoritaria que no logrará adaptarse a los cambios que se producirán en la clase trabajadora.

El viejo sindicalismo irá perdiendo su identidad revolucionaria, con una táctica adaptable a las circunstancias cambiantes que le permitirá negociar mejoras con el Estado, a medida que este irá atenuando su política represiva y ensayará acercamientos con los trabajadores. 

La corriente del sindicalismo se convertirá en uno de los canales de diálogo de un Yrigoyen que en sus inicios se mostrará abierto a la negociación. Esta tendencia obrera tuvo una definición de principios, que mantuvo a lo largo de los años, de prescindencia política partidaria que le permitió tener una relación privilegiada con el primer presidente democrático por encima de otras corrientes identificadas ideológicamente.

Luego de la Semana Trágica y tras los años de baja en la conflictividad y atomización  de la organización gremial, los sindicalistas volvieron a conducir al movimiento de trabajadores con la creación de la CGT.

Para finales de 1935, perderán la conducción de la central sindical mayoritaria en manos de los socialistas. Esta corriente que nunca había dirigido al movimiento finalmente lo lograría producto de una ruptura al interior del gremio clave de los ferroviarios y desarrollando posteriormente un proceso de unidad con los comunistas que venían con un crecimiento exponencial. 

Los militantes obreros del Partido Comunista desplegarán una táctica de proletarización que les permitirá incorporarse en aquellas ramas industriales que crecieron por el nuevo proceso económico. Su estrategia de clase contra clase, de fuerte enfrentamiento social sin espacio para la negociación, logrará que hagan pie y se expandan rápidamente conformando nuevos sindicatos por rama en aquellas actividades en las que no tenían aún las condiciones laborales propias de un sector en expansión.

A la vez, la construcción de una cultura obrera, con actividades deportivas, sociales, artísticas e intelectuales, logró consolidar su arraigo en el mundo obrero (Camarero, 2007). Extendiéndose por las ramas de la construcción, la carne, textiles, metalúrgica y otras. Desarrollando una referencia que le permitirá tener un papel importante en el movimiento de trabajadores.

Sin embargo, sus cambios vertiginosos de estrategia condicionadas por su filiación internacional, le jugaron en contra para mantener la coherencia que le permitiese una mayor expansión al conjunto de la clase trabajadora.

La corriente del sindicalismo, que tendrá su ocaso a mediados de la década del ’30, dejará su huella al interior del movimiento de trabajadores. Rápidamente los socialistas tendrán sus disputas internas que harán que se dividan amparándose en los viejos planteos del sindicalismo que priorizaba los intereses sindicales por sobre los compromisos partidarios.

Serán los principios de la corriente sindicalista, a pesar de haber perdido la conducción del movimiento, la principal referencia política que coincidirá con los planteos del peronismo.  El mismo Perón desde la secretaría de Trabajo y Previsión repetirá una y otra vez que los sindicatos deben ocuparse del bienestar de sus representados sin inmiscuirse en asuntos partidarios. 

Esta tradición que expresa la conciencia de sí que tiene la clase trabajadora permiten pensar como clave a esta corriente para interpretar el movimiento político del peronismo y su arraigo en el movimiento de trabajadores. No será casualidad que Luis Gay, referente del sindicalismo, sea el primer presidente del Partido Laboralista que unirá al movimiento de trabajadores tras la candidatura de Perón.

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Palabras finales

Los cambios en la estructura económica producto de un incipiente desarrollo industrial modificaron la composición de la clase trabajadora. Estos cambios establecieron la necesidad de avanzar en organizaciones de nuevos tipo, los sindicatos por rama. La clase trabajadora creció cuantitativamente y su centralidad en el nuevo sistema productivo no le fue correspondida con el lugar político correspondiente. Continuó con un lugar marginal que generó un vacío que el peronismo finalmente ocupó.

La estrategia mayoritaria que desarrolló la clase trabajadora en el nuevo ciclo que abrió la década del ‘30 y que se extendió hasta mediados de la siguiente, estuvo orientada en la conquista de derechos y la mejora de la calidad de vida de los trabajadores dentro de los márgenes del sistema. Una estrategia reformista que buscaba desarrollar un proceso de ciudadanización de la clase trabajadora junto al reconocimiento institucional de sus organizaciones. La huelga general de 1936, uno de los grandes hitos del movimiento de trabajadores, expresó principalmente, aunque no unicamente, esta estrategia. La solidaridad como valor expresa su conciencia de clase. El peronismo expresará esta conciencia y logrará para la clase trabajadora los objetivos que se había planteado su estrategia.

Por último, la corriente del sindicalismo que logrará conducir al movimiento de trabajadores luego de desplazar al anarquismo, se irá transformando en el desarrollo de sus luchas perdiendo su identidad revolucionaria y adoptando una línea reformista. Sus principios que la acompañarán desde sus inicios hasta su ocaso, de prescindencia política-ideológica, influirán en otras corrientes del movimiento y coincidirán con los planteos del peronismo. 

Estas claves y lecciones para conocer e interpretar el periodo previo al 17 de octubre de 1945, sabiendo que la historia no se repite, son útiles para pensar el presente desde la experiencia de la clase trabajadora.  Un presente en el que el sujeto de las y los trabajadores de la economía popular como parte de la clase trabajadora vive una situación similar en cuanto a falta de derechos, necesidad imperiosa de mejora de la calidad de vida y verdadero reconocimiento institucional. Un sujeto que ha construido sus organizaciones de nuevo tipo, que delinea su estrategia y que tiene sus propias formas institucionales. 

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*Las investigaciones cuyas conclusiones acompañan parte de este texto fueron realizadas conjuntamente con mi amigo y compañero Camilo Masón.

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Bibliografía

Belkin, A. (2018). Sindicalismo revolucionario y movimiento obrero en la Argentina : De la gestación en el Partido Socialista a la conquista de la FORA (1900-1915). Buenos Aires : Imago Mundi : CEHTI. (Archivos. Estudios de historia del movimiento obrero y la izquierda ; 9)

Benyo, Javier (2005) La Alianza Obrera Spartacus. Buenos Aires: Libros de Anarres.

Bilsky, Edgardo (2011), La Semana Trágica [1984], Buenos Aires: Razón y Revolución.

Camarero, Hernán(2007) A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935. Buenos Aires: Siglo XXI

Ceruso, Diego(2010) Comisiones internas de fábrica. Desde la huelga de la construcción 1935 hasta el golpe de estado de 1943. Vicente López: Dialektik.

Del Campo, H. (2005). Sindicalismo y peronismo: Los comienzos de un vínculo perdurable. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

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Korol, Juan Carlos. (2001) “La economía”, en Cataruzza, Alejandro. Crisis económica, avance del Estado e incertidumbre política (1930-1943), tomo VII de la Nueva Historia Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2001

Lizárraga, D. y Mason, C. (2016). Industria de la madera: conflictividad laboral y organización sindical en Buenos Aires, 1934-1940. Perspectivas sobre la industria, 3, 9-36.

Thompson, Edward P. (1989) La formación de la clase obrera en Inglaterra, Barcelona; Critica.

Schvarzer, Jorge. (1996)La industria que supimos conseguir. Una historia político-social de la industria argentina. Planeta, Buenos Aires.

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